Siempre fui muy amante de los atardeceres, de ver el sol caer… los disfruto con ese sabor a nostalgia de saber que un día mas se esta yendo. Ahora entiendo porque los disfruto tanto. Es que, en ese momento en el cual el día termina, me permito sentir un poco la tristeza de cada final que sucedió. De cada adiós que dije, sin mirar atrás. Y en cada aterdecer, dejo que se vayan situaciones, momentos, ese último abrazo.. es que uno necesita andar liviano.
Y es que las despedidas, los finales, tienen ese doble sentido.. por un lado, siempre duelen un poco. ¿A quién no le dolió una persona.. un lugar? A veces por decisión propia, otras por los vaivenes de la vida… Muchas veces también, uno tiene que despedirse de lo que creía que quería, de deseos que, de repente, se volvieron ajenos y no nos llenaron mas.
Pero también, estas despedidas siempre traen esa ilusión del nuevo comienzo, de saber que un nuevo camino se abre ante nosotros, esperando a que, cuando estemos un poquito mas de pie, mas livianos.. podamos andarlos.
Porque dejar ir.. es dejar llegar.








